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Desde que era pequeña, el mar y yo siempre hemos sido cercanos. La arena, el agua, la fauna, todo se juntaba para yo sentirme como pez en el agua; y aunque siempre había llamado mi atención el surf, nunca había tenido formalmente la oportunidad de conocerlo.

11Por María Pura Imhof  @mariapura  Fotos: @Viltorinox

Gerhard Weil, además de haber apoyado a mi banda Sónica en varias ocasiones, fue mi compañero de trabajo durante muchos años en La Mega 107.3 FM. Yo estaba al tanto de que era un experto sobre las olas; de que había viajado mucho para representar a Venezuela en competencias y que su pasión por el surf iba más allá. Dicha cercanía laboral me permitió conocer la existencia de los surf camps, una oportunidad para experimentar este deporte junto a un equipo de expertos. Gerhard llegó a invitarme en una ocasión, pero lamentablemente no pude asistir.

Pasó el tiempo y llegó la oportunidad de inscribirme. Apenas asimilaba la idea de que iba a acercarme al surf cuando ya estaba recibiendo mi primera clase teórica junto a algunos de los inscritos. Desde ese momento supe que “no puedo” era una frase prohibida en la clase de Gerhard; que la experiencia iba a ser para compartir como una familia que apenas se conocía (bajo el pretexto del surf) y que el mar nos daría pistas para saber cómo abordarlo.

52El sábado en la mañana, mis compañeros del surf camp y yo nos encontramos con el equipo de Zona Radical para rodar unas cuantas horas hasta Higuerote. Mientras íbamos en el transporte, razoné que estaba rodeada de chicos y chicas contemporáneos conmigo, pero que también había chamos y hasta una niña de seis años que me enseñó cómo se saludan los surfistas, además del hijo de Gerhard que siempre lo acompaña cuando de playa se trata.

Ya en la posada, desayunamos deliciosamente para reunirnos y conocer las reglas del surf camp. La que más me gustó fue la de “ley seca”, lo que significaba que no podíamos beber alcohol porque estábamos allí en calidad de deportistas. Luego, emocionados, caminamos con las tablas y todos los insumos del campamento Volcom hasta la orilla desde donde salen los peñeros que llegan a Majagua. La alegría y la ansiedad estaban presentes en todos los inscritos; la sonrisa de observarnos inmersos en medio del mar era gigante.

7Llegamos a la playa y comenzó la aventura. Armamos el campamento (un gran toldo con sillas, termos con hidratación y más) y colocamos banderines en la orilla para tenerlos como referencia tanto para entrar al agua como para mantenernos en un área específica. Posteriormente vino el calentamiento; la división de equipos de cuatro (cada uno con un instructor y dos tablas asignadas); practicar la parada en la tabla sobre la arena y luego meternos en el mar. Yo recuerdo que sentía miedo, pero desde el momento en el que tuve la tabla, todo mi temor se esfumó. Las olas ese día llegaban a los 4 pies, algo exigente para una principiante como yo (al igual que para muchos de los inscritos). Fue difícil, pero lo intenté muchísimo hasta que me cayó protector en los ojos (terrible, por cierto).

55Lo que más me llamó la atención hasta el momento era la calidad de trabajo de los instructores; siempre me sentí cuidada, protegida y asesorada. También me llamó la atención la solidaridad de mis compañeros (entre ellos mi hermano Martin) que me ayudaban a entrar al agua con la tabla; a agarrar la mejor ola o simplemente sonreír conmigo cuando una ola me revolcaba, momentos que Víctor [López], el fotógrafo del equipo, captaba gustosamente.

Mientras regresábamos a la posada, compartíamos cansancio y anécdotas, pero estábamos listos para bañarnos, cenar y reunirnos con Gerhard para conversar acerca de la jornada que habíamos tenido y de lo que cada uno debía mejorar al día siguiente junto con la ayuda de los instructores.

30Llegó el domingo y Chirimena nos recibió con intersets (periodo de calma entre los sets o grupos de olas) más duraderos que los de Majagua. Mientras calentábamos, nos acompañaba un repertorio que se paseaba por temas que jamás imaginaria oír en una playa (como “Noelia” de Nino Bravo o “Querida” de Juan Gabriel) o el trillado reggaetón, pero aun así nada nos distraía de nuestro último día de surf. La dinámica continuó como el día anterior: luego de calentar, practicamos sobre la tabla en la arena para después meternos al agua.

Sin embargo, al poco rato de estar en el agua, un pez sapo, por sentirse en peligro, “picó” el pie de una de las instructoras, Gisela[Gutiérrez], por lo que Gerhard tuvo que meterse al agua con el resto de los instructores. Recuerdo claramente que el primer equipo al que se acercó para orientar fue al que yo pertenecía. Al rato yo decía: “Ay Dios, tantos años conociendo a Gerhard y nunca pensé que compartiríamos este momento.” Pues sí, con él corrí mi primera ola y mi emoción fue llanto puro y brincos en la orilla…

47Fue entonces que entendí que la tabla y yo podemos ser un todo, y junto con el mar logré una relación de respeto y balance; que las olas no siempre son las mismas, que hay que saber leer el mar para escoger la ola que más nos convenga y sobre todo tener la suficiente confianza para lograr lo que se desee. Mi felicidad era tal en el último día del surf camp que me daba fuerzas para meterme una y otra vez al mar aunque estuviese como “agua de cava” (como lo describió Álvaro [Casas], otro de los instructores) Aprendí a escuchar la corriente, a conectarme con el medio ambiente y sí, a apreciar aún más los paisajes que tiene mi país.

Luego de levantar el campamento, recoger todo e ir a la posada para bañarnos y almorzar, nos reunimos para recibir los certificados. Posteriormente se otorgaron premios a nuestros compañeros más destacados y votamos por el “mejor instructor” del surf camp [en esta oportunidad muy merecidamente asignado a Abraham Eduardo]. Con alegría, ánimos arriba y un sentimiento familiar, nos preparamos para regresar a Caracas.

50En la carretera, intentando dormir en el transporte, llegaba a mi memoria el sonido del mar; la imagen de mis compañeros felices; ayudándonos entre sí y aplaudiendo las olas que corríamos; el deseo de seguir siendo parte de la familia de Zona Radical y preguntándonos cuándo será el próximo surf camp.

Gerhard Weil es un embajador del mar. Su esposa, hijos y el equipo de Zona Radical tienen una energía increíble. Aplaudo a la gente de Volcom por apoyar este maravilloso proyecto que ofrece más que aproximación al surf. Es una experiencia que repetiré y espero que sea con muchos de los que están leyendo estas líneas. Gracias, Gerhard, por removernos por dentro para ser mejores personas sobre la tabla y junto al mar Caribe. 15