Zona Radical Surf Camp Volcom Enero 2015

Por Karen Key / @KarenKeyH / Fotos: @Viltorinox

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Mágica experiencia: Zona Radical Surf Camp Volcom – Enero 2015 / Foto: Viltorinox

Estoy acostada sobre la tabla esperando que llegue el momento. Las ondas del mar me hacen tambalear. Me siento ansiosa y temerosa a la vez. No sé qué pueda suceder. Mi instructor Emilio me dice que ya viene la ola. No volteo porque no quiero saber la magnitud de lo que se aproxima hacia mí.

–Rema, rema, rema, rema, rema, rema–, grita enérgicamente Emilio.

Pese a mover mis brazos rápida y potentemente, una fuerza mayor que yo me empuja a caer. Lo último que alcanzo a escuchar es el choque de mi cuerpo y la tabla con el agua: ¡PLASH!

Debo tener menos de cinco segundos abajo, pero parece una eternidad. Todo está oscuro. ¡No respiro! ¡Ay, Dios mío! Necesito aire. Es lo que pasa por mi mente mientras mi cuerpo independiente gira sin parar. Primer giro, trago agua como si quisiera secar toda Majagua. Segundo, mi nariz siente celos y también aspira una porción, que llega hasta el cerebro y lo agita. Tercero, mis oídos no se quedan atrás y se unen al festín. Cuarto, mi cuerpo se eleva de tal manera que logra sobrevivir al mar rebelde que me acaba de lanzar a mi primer wipe out.

–¡Bicho, tragaste bastante agua!–, logro escuchar a lo lejos de la voz de mi instructor.

Lo tengo enfrente, pero lo oigo como si estuviese a 30 metros de distancia. Por un momento, perdí el sentido del oído. Pero no perdí la conciencia. Ahora es cuando me doy cuenta que esto de correr olas no es tarea sencilla, pues, esta es tan sólo la primera de muchas caídas que estoy por vivir en el Surf Camp de Zona Radical.

Antes del Surf Camp

Familia Zona Radical Radio

Familia Zona Radical Radio

Ya eran dos años y tres meses trabajando en la asistencia de producción del programa de radio Zona Radical. Tanto tiempo y ni una ola había surfeado. Resulta paradójico, puesto que el plato fuerte de este programa es el surf. Pero no lo había hecho porque faltase invitación. No. Siempre tuve al máster Gerhard Weil preguntándome cuándo iría a un campamento con el team, cuándo me atrevería por fin. Pero, por una u otra razón, se me había complicado ir.

Por planes de estudio y otros compromisos, tuve que tomar una de las decisiones más difíciles de mi vida: dejar la asistencia de producción de Zona Radical. Y la califico de esta manera porque, durante mi estadía en el programa, fueron muchos los momentos que pasé junto a quienes siempre consideraré como mi segunda familia. Cuando le hice el anuncio a Gerhard, sólo me dijo: “Ahora con más razón tienes que ir al Surf Camp”.

Sus palabras llegaron (como siempre en el momento indicado) cuando ya me había hecho la mente de irme sin siquiera haber agarrado una tabla.

Un sueño de pequeña

Cuando somos niños queremos ser mil cosas de grandes. Particularmente, quería ser veterinaria, cantante, actriz, locutora… y, en algún momento de mi vida, surfista. Cuando tenía como 11 años, era fanática de Rocket Power. Quienes sintonizaban la serie, comprenderán por qué mi deseo de surfear. Quienes no la conocen, sólo tienen que saber que la historia se centraba en unos niños californianos que emprendían cuanta aventura extrema se les presentara. Entre ellas, estaba correr olas con tal pasión, alegría y soltura, que hacían ver fácil este deporte.

Una vez arrollada por esa ola inclemente, comprendí que el surfing es más exigente de lo que pensaba. Como diría Gerhard: “En el surf, el 50% es técnica y preparación física y el otro 50% es respiración y concentración”. Pero a ello hay que agregarle el componente tácito de tener las ganas sinceras de jugar, como sólo los niños saben hacerlo.

Cuando las ganas se juntan…

… surgen cosas maravillosas. Como, por ejemplo, el Surf Camp de Zona Radical del cual fui una de los 22 protagonistas. Nos vimos por primera vez en la clase teórica que se llevó a cabo el viernes 30 de enero en el Centro Deportivo Eugenio Mendoza, en La Castellana. Aunque éramos unos completos desconocidos, teníamos algo en común: un brillo en los ojos y una amplia sonrisa por imaginarnos en una tabla navegando sobre las olas.

Pocas horas después, el sueño se nos cumpliría. El sábado, cuando aún el sol no salía, nos dispusimos a agarrar camino al lugar donde podríamos surfear: Majagua, en Chirimena, Higuerote. En dos carros particulares y dos camionetas tipo van llevábamos los bolsos, las tablas, las ganas y las ilusiones. Durante todo el camino, no pude dormir. Por una parte, por las ansias de estar en el point. Y, por la otra, porque mi compañero Ramón es un excelente orador. Pero sobre él escribiré más adelante.

Ahorita sólo puedo pensar en Chirimena… qué cálido pueblo. En la Posada Antoñita… qué vista tan privilegiada y qué gusto alojarse allí. En la señora Miriam… en su amable sonrisa y en sus manos benditas. En sus famosas y deliciosas caraotas (negras) con leche de coco que nos sirvió en el desayuno, junto a un chucho desmenuzado, queso rallado, revoltillo y arepa. ¿Cómo no agarrar energía después de una comida así?

Rumbo a Majagua. / Foto: Viltorinox

Rumbo a Majagua. / Foto: Viltorinox

Trotando en la arena. / Foto: Viltorinox

Trotando en la playa. / Foto: Viltorinox

Práctica sobre la arena. / Foto: Viltorinox

Práctica sobre la arena. / Foto: Viltorinox

Con las pilas puestas, nos dirigimos hacia Majagua, lugar donde comenzaría la acción. Apenas arribamos, nos instalamos. Trotamos, calentamos y practicamos en la arena nuestra parada sobre la tabla. Algunos se descubrieron regular, es decir, que colocan su pie izquierdo adelante y el pie derecho, hacia atrás; y otros nos descubrimos goofy, lo que significa que colocamos el pie derecho adelante y el izquierdo hacia atrás.

Ready, set, go

Luego del calentamiento (actividad fundamental para evitar calambres y lesiones) y la práctica en la arena, nos dividieron en seis grupos, cada uno con un instructor. Una vez agrupados, nos adentramos en el mar. Estaba frío, profundo y rebelde. Pero eso no me detuvo en mi decisión de pasar de primera. En la ronda inicial, que consistió en tres oportunidades para cada alumno, me caí de la tabla y tragué agua cual potomaniaca. Básicamente, esto fue lo que me sucedió durante toda la jornada.

Mientras mis compañeros del team Emilio cumplían su turno, pude apreciar cómo algunos pasaban por la misma dificultad que yo o cómo otros lograban hasta bailar sobre la tabla. Maleiva, mejor conocida como Maléfica, se desenvolvió tan agraciada y sueltamente, que por poco dio una clase de danza contemporánea sobre las ondas del mar.

–Chama, tú eres una pro–, le dije en reiteradas ocasiones.

Maleiva en pleno momento de gloria. / Foto: Viltorinox

Maleiva en pleno momento de gloria. / Foto: Viltorinox

Ramón en plena inspiración sobre la ola. / Foto: Viltorinox

Ramón inspirado sobre la ola. / Foto: Viltorinox

Así como Male, Daniela, de tan sólo 15 años de edad, y el pana Ramón, de 43, fluyeron sobre la tabla con una destreza admirable. Lo mismo sucedió con Ivanoha, la “gochita” o “Lilo”, como la llamó Gerhard por su parecido con el personaje de Lilo & Stich, quien dejó claro que vino desde Táchira para conquistar las olas.

Yo, por otro lado, avanzaba poco a poco. De pasar por una ronda de wipe outs, pasé a surfear acostada y, luego, de rodillas. Todo esto mientras nos rotaban de instructores.

Alegría extrema

Pasé por los grupos encabezados por Emilio, Andreína, Alberto y Abraham sin obtener mayor éxito. Mi última oportunidad sería con Gisela, pero ya estaba por agotarse el tiempo. Aceleramos el paso para comenzar la última ronda. Mis tres intentos con ella también fueron fallidos. Justo cuando estaban llegando los botes que nos llevarían nuevamente a Chirimena, Gisela me dijo para intentarlo una vez más.

–No te agarres de la tabla, pon las manos en el agua–, me recomendó Gise para conectarme más con el mar.

Seguí su instrucción. Pero continuaba tambaleándome.

–Mantén el equilibrio, toca el agua, mira al frente y concéntrate–, fueron las palabras mágicas que me llenaron de confianza.

Ya se aproximaba la ola. Yo no volteé, esta vez no por miedo a que fuese a caerme, sino porque estaba concentrada en mi meta: llegar a la orilla sin caer.

–Rema, rema, rema–, alcanzó a decirme mi instructora.

Mi primera ola: alegría extrema. / Foto: Viltorinox

Mi primera ola: alegría extrema. / Foto: Viltorinox

Sólo sentí la fuerza de la onda que, en vez de hundirme, me empujó hacia adelante. Me puse en posición cobra y comencé a subirme poco a poco. El viento en mi cara me hizo caer en cuenta que estaba de pie. No podía creer que lo hubiese logrado. Luego de tantas caídas, al fin mi cuerpo, la tabla y el mar congeniaron. En ese breve momento, me sentí libre y plena. Por un instante, sentí la alegría extrema de surfear una ola.

Piscina, comida, cumpleaños y tambores

Luego de una larga y dura jornada en Majagua, regresamos a Chirimena. Cuando llegamos, nos dijeron que fuéramos a la sala de conferencia de la Posada Antoñita para hacer un repaso del desempeño de cada alumno. Esta sala resultó ser una cálida piscina que, por su estructura, daba la sensación de ser infinita.

Ya reunidos, cada guía dio su feedback y sus recomendaciones a los estudiantes, a tener en consideración para el día siguiente. Después de la intervención de los instructores, Gerhard pasó a dar una clase de apnea, en la cual nos enseñó la importancia de controlar la respiración al momento de surfear.

Posterior a esta reunión, nos fuimos a nuestras habitaciones y nos alistamos para la cena. Arroz, carne en tiras con vegetales, ensalada y tostones. ¡Yummy! Otra delicia para nuestro paladar. Finalizado este momento glorioso, llegó la hora de la torta y el cumpleaños de Andreína Peñaloza, instructora del Surf Camp.

En la parte más alta de la posada, nos esperaban los jóvenes tamboreros oriundos de Chirimena, que le pusieron música a la celebración. Sonaba la melodía del “Cumpleaños Feliz” de Tambor Urbano, la cual empezamos a acompañar con letras:

Un año más en tu vida

Otro lleno de esperanza

Que el señor te dé alegría

Y traiga paz a tu alma…

Jóvenes tamboreros de Chirimena / Foto: Viltorinox

Tamboreros de Chirimena / Foto: Viltorinox

De esta manera, se terminaba un día lleno de aprendizaje, convivencia, risas, caídas y surfing (hasta para quienes corrimos una sola ola).

Segundas oportunidades

–¡Guaf, guaf, guaf!–, se escuchó el ladrido de Nano, el único perro del campamento, quien se encontraba desde temprano en el patio haciendo de las suyas.

Llegó el domingo y nadie quería abrir un ojo. Por el cansancio que dejó el sábado activo y porque no queríamos que se acabara esta experiencia. Pero nos dispusimos a levantarnos, porque sabíamos que era tiempo de volver al paraíso de las caraotas con leche de coco y otras exquisiteces.

Calentamiento antes de entrar al agua. / Foto: Viltorinox

Calentamiento antes de entrar al agua. / Foto: Viltorinox

Terminado el desayuno energizante, caminamos hacia la playa. Esa vez nos quedamos en Chirimena. La jornada fue similar a la del sábado. Vi a muchos compañeros surfeando: Maleiva, Daniela, Ramón, Ivanoha, Valerie, Cristian, Antuan, Daniel. Yo, por el contrario, no pude correr olas. Sin embargo, me caí menos que el día anterior. La mayoría de las veces, llegué a la orilla sin caerme, pero acostada sobre la tabla. Mi consuelo del día: no tragué tanta agua.

A las 12 del mediodía ya habíamos terminado la jornada. Tomamos el camino de vuelta a nuestro hogar temporal y nos fuimos a alistar para el almuerzo. Nuevamente la señora Miriam y compañía se lucieron con la comida: ensalada de pasta con atún y vegetales y tostones. Varios en la mesa no dudaron en repetir.

Ya con el estómago lleno y el corazón contento, dimos paso a las votaciones. Los guías fueron a otro lado a seleccionar a los campistas para llevarse los premios en las categorías Mejor Evolución, El Más Fiebrúo, El Más Talentoso y El Más Apasionado. En la mesa, nos quedamos los campistas, quienes votamos por el Mejor Instructor.

Para mi sorpresa, cuando anunciaron al ganador del premio a la Mejor Evolución, Gerhard llegó hasta mí y alzó mis brazos. Increíblemente, recibí el voto de los guías, quienes notaron mi esfuerzo durante los dos días. Este reconocimiento me demostró que, para ganar, a veces hay que caer… y tragar mucha agua.

Los otros premios se los entregaron a Ramón, por El Más Fiebrúo; Ivanoha, por La Más Talentosa; y Maleiva, por La Más Apasionada. Por el lado de los guías fue Gisela quien resultó la Mejor Instructora, por su dedicación al momento de orientar a los alumnos; sin embargo, no la tuvo tan fácil porque Abraham, Emilio, Chúo, Andreína y Alberto también se destacaron en su labor de enseñar.

Agridulce despedida

Entre el almuerzo y la entrega de premios se hicieron las tres de la tarde. Hora de partir. Hora de dejar atrás un mágico lugar. La nostalgia comenzó a dibujarse en los rostros de cada uno de los participantes en el Surf Camp de Zona Radical. Tanto de los campistas como de los instructores.

Nostalgia por Chirimena y su mar frío y azul; por Majagua y sus olas rebeldes; por los cuentos y chinazos de Ramón; por la risa contagiosa de Maleiva; por los selfies de Ivanoha; por la ternura de Sebastián y Salvador, los más pequeños; por las travesuras de Nano, el perro playero; por la comida súper poderosa de la señora Miriam; por la piscina infinita; por la complicidad de las roommates; por los tambores del sábado por la noche; por los wipe outs; por las olas que surfeamos y por las que dejamos pasar; por un fin de semana grandioso junto a gente increíble. Nostalgia por tener que decir adiós.

Una vez en la van, de regreso a Caracas, mientras algunos conversan y otros duermen, no paro de recapitular mentalmente todo lo sucedido en el Surf Camp. Veo el verde de los frondosos árboles que están en el camino y también el azul del cielo, donde una de las nubes se convierte en un corazón. Sonrío por la coincidencia. Porque justamente estaba pensando que todos los momentos vividos durante estos días pasarán a la lista de mis mejores y más lindos recuerdos.