“Un abrazo es la manera muda de decir te quiero”
Carlos “Ícaro” Fuentes

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La vida de Carlos Fuentes está marcada por una palabra: ímpetu. Sin ese plus, Carlos “Ícaro”, como también se le conoce, no se habría parado de cabeza en una patineta ni habría tomado olas en La Guaira cuando era niño. Probablemente, tampoco se habría roto las vértebras cervicales cuarta, quinta y sexta tras caer de cabeza mientras volaba cerca de Camurí Chico con un ala delta (o ícaro) que no armó bien. Ése ha sido el mismo ímpetu que hoy sirve de sostén emocional a sus amigos; que no lo hace dudar en tomar su carro y volver a casa luego de una entrevista. Sí, aún cuadripléjico, volvió a La Guaira manejando desde Caracas.

En el Estado Vargas fue donde nació su interés por los ícaros para familiarizarse con el viento, las alturas, los cielos, en procura de una meta mayor: ser piloto. Tras las lesiones, una operación, trece meses de hospitalización y un año de rehabilitación, su físico no se recuperó. Carlos Fuentes ha pasado 33 de sus 50 años sobre ruedas: a veces las dos de la silla y a veces las cuatro de su carro.

Del cuello hacia abajo, Carlos Fuentes sólo puede mover el bíceps y músculo abductor de la muñeca. Pero, su personalidad y espíritu están fuertes como su voz, y transmiten paz a través de la sonrisa que no duda en mostrar. Eso lo respiran, lo viven quienes lo rodean; los mismos que sienten un orgullo particular por él. Ellos han encontrado algo que a simple vista no se advierte en esta persona: tenacidad y valentía. “En la vida siempre te van a pasar eventualidades; y cada vez que te pasen, no te puedes quedar con un ‘¡ay, me fregué!’; vamos a buscarle solución y a seguir adelante”, dice el “Ícaro de Vargas”.

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Esa filosofía la heredó de sus padres, hacia los que tiene un profundo amor y sentido de agradecimiento por el esfuerzo que realizaron durante los primeros años luego del accidente. “Se esforzaron de una manera que no tiene parangón. Mi papá, con 60 años, me cargaba solo; me montaba en la camioneta para que lo acompañara. Claro, cuando tienes 17, 18, 19 años, no estás evaluando el increíble esfuerzo que está haciendo ese cristiano, pero es algo de lo que siempre estaré agradecido”.

Más allá de su condición, lo anterior es una de las eventualidades que más le ha costado superar al “Ícaro”. “Mi mamá se enfermó de cáncer y yo la vi deteriorarse durante 4 años y 7 meses hasta que sucumbió en el año 92”. Eso ha sido lo único que ha hecho tambalear mínimamente su tono de voz y humedecer sus ojos. Ni siquiera el recuerdo del deslave de Vargas (1999) lo conmueve tanto.

Seguir adelante. Las tragedias en su vida, en vez de cerrarle caminos, le han mostrado senderos por los cuales poder seguir disfrutando de sus pasiones. Más allá de las paredes de su casa, del deslave en el Estado Vargas sólo le quedó una camioneta Ford Zephyr y su familia. Sin herramientas para fabricar antenas para transmisiones de radio-aficionado, y la necesidad gritando, la modificación de ese vehículo por parte de algunos amigos y sus dos músculos le permitieron comenzar a trasladarse por sí mismo para buscar medicamentos, comidas… hasta llegar a trabajar de taxista para ayudar económicamente a su familia. Así, Carlos Fuentes sorprende a no pocos que lo ven hacer cambios, frenar, acelerar… La comodidad del “Ícaro” en su camioneta es tal que, a pesar de ser un espacio cerrado, se siente más cómodo y útil en esas cuatro ruedas que sobre las dos de su silla, pues logra aplicar una enseñanza made at home: a través del trabajo y el esfuerzo se consigue todo.

Al deporte, al aire, esa pasión y anhelo, también volvió el “Ícaro”. Su retorno a los cielos fue de la mano de Sergio Ascaso, amigo de alas. “Estaba el sentimiento del último vuelo, que fue el del accidente. Pero había bastante confianza en Sergio y en las condiciones en las que estábamos volando con el ala delta. Pasamos todo el fin de semana volando. ¡Fueron como 40 vuelos! Aterrizábamos, volvían a engancharnos; aterrizábamos, volvían a engancharnos. Estábamos tan contentos que hasta nos aplaudían las orejas”.

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Carlos Fuentes ha aprendido a valorar muchísimo el esfuerzo de los otros, y su manera de pagarlo, de agradecerlo, es disfrutándolo. Sabe que quienes lo acompañan quieren que esté contento, que sonría, y él no duda en ser cómplice de esas aventuras. En sus ojos no hay nostalgia cuando vuelve a su infancia para recordar los deportes que practicaba a plenitud. Por el contrario, su mirada se ilumina porque, a través de sus palabras, el “Ícaro” revive aquello de una forma muy, muy intensa. “Volar es la expresión máxima de la libertad. Cuando estás volando un ala delta, llega el momento en el cual sientes como el ala está cortando el viento; sientes el silbido por el corte del ala. Nadie te cambia tu esencia. La verdadera responsabilidad que tú tienes en la vida es ser feliz”.